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La IA ante el dilema de las armas: cómo el Pentágono partió en dos a las grandes empresas de inteligencia artificial

Por El Estadista — 23 de marzo de 2026 — 6 min de lectura

Una disputa sobre vigilancia masiva y armas autónomas terminó con Anthropic en la lista negra del gobierno de Trump y con OpenAI firmando un contrato de emergencia con el Departamento de Defensa.

El 27 de febrero de 2026, Sam Altman, CEO de OpenAI, publicó un mensaje en X con el tono triunfal de quien acaba de ganar una carrera que nadie sabía que había comenzado: su empresa acababa de cerrar un acuerdo con el Departamento de Guerra de Estados Unidos para desplegar sus modelos de inteligencia artificial en redes clasificadas del Pentágono. El anuncio llegó horas después de que el presidente Donald Trump ordenara a todas las agencias federales cesar el uso de los productos de Anthropic, empresa rival de OpenAI.

Lo que siguió fue uno de los episodios más reveladores —y perturbadores— de la historia reciente de la tecnología: una crisis que expuso las contradicciones éticas del sector de la IA, la fragilidad de los principios de seguridad cuando se enfrentan a presiones políticas y la velocidad con que una rivalidad corporativa puede convertirse en un asunto de Estado.

El origen del conflicto: dos líneas rojas

Todo comenzó con un contrato. Anthropic había sido la primera empresa en desplegar sus modelos de IA en la red clasificada del Departamento de Defensa, y llevaba meses negociando los términos de ese acuerdo. El punto de quiebre fue simple en su formulación, pero enorme en sus implicaciones: Anthropic exigía garantías escritas de que su tecnología no sería utilizada para vigilancia masiva de ciudadanos estadounidenses ni para alimentar sistemas de armas autónomas. El Pentágono quería lo contrario: que la empresa aceptara que el ejército podría usar los modelos en todos los escenarios «legalmente permitidos», sin excepciones contractuales.

Anthropic explicó su posición con claridad: «No creemos que los modelos de IA de frontera actuales sean lo suficientemente confiables para usarse en armas completamente autónomas. Permitir que los modelos actuales se utilicen de esta manera pondría en peligro a los soldados y civiles estadounidenses. Además, creemos que la vigilancia doméstica masiva de ciudadanos constituye una violación de derechos fundamentales».

La respuesta de Trump fue la que cualquiera familiarizado con su estilo podría anticipar. En un mensaje publicado en Truth Social, el presidente escribió que «los fanáticos de izquierda de Anthropic cometieron un error desastroso» y ordenó a todas las agencias federales cesar inmediatamente el uso de la tecnología de la compañía.

OpenAI entra al tablero

Mientras Anthropic resistía, OpenAI se movía en otra dirección. A medida que se acercaba la fecha límite del Pentágono para que Anthropic firmara el contrato, Altman sorprendió a muchos al declarar públicamente que compartía las mismas «líneas rojas» que su rival. Pero al mismo tiempo, estaba negociando su propio acuerdo con el Departamento de Defensa.

OpenAI publicó un comunicado explicando que su acuerdo también protegía contra el uso de IA en armas autónomas y vigilancia doméstica masiva, y Altman insistió en que no había simplemente aceptado los mismos términos que Anthropic rechazó. Sin embargo, los detalles cuentan una historia más matizada.

La razón por la que OpenAI pudo llegar a un acuerdo cuando Anthropic no pudo fue, según el propio Altman, menos sobre los límites y más sobre el enfoque: «Anthropic parecía más centrada en prohibiciones específicas en el contrato, en lugar de citar las leyes aplicables, con las que nosotros nos sentimos cómodos». En otras palabras, OpenAI apostó por confiar en que el gobierno cumplirá la ley vigente. Anthropic quería que la ley, en este caso, fuera el contrato mismo.

El contrato publicado por OpenAI «no le otorga a la empresa un derecho autónomo, al estilo de Anthropic, para prohibir usos gubernamentales que de otro modo serían legales», explicó Jessica Tillipman, decana asociada de estudios en derecho de contratación pública de la Universidad George Washington.

La fractura interna

El acuerdo de OpenAI con el Pentágono no fue bien recibido dentro de sus propias oficinas. Mensajes escritos con tiza cubrieron la acera frente a las oficinas de OpenAI en San Francisco: «¿Dónde están sus líneas rojas?», «Deben hablar», «¿Cuáles son las garantías?».

Muchos empleados «respetan genuinamente» a Anthropic por haberse enfrentado al Pentágono y están frustrados con la manera en que OpenAI manejó sus propias negociaciones, dijo un empleado actual a CNN bajo condición de anonimato.

La fractura llegó incluso a renuncias. Caitlin Kalinowski, quien había liderado hardware y robótica en OpenAI desde noviembre de 2024, dimitió por el acuerdo con el Pentágono, señalando que la vigilancia doméstica sin supervisión judicial y la autonomía letal sin autorización humana «son líneas que merecían más deliberación de la que recibieron».

La solidaridad entre empleados de empresas rivales tampoco tuvo precedentes. Más de 30 empleados de OpenAI y Google DeepMind, incluido el científico jefe de Google, Jeff Dean, presentaron un escrito de amicus curiae advirtiendo que la lista negra del Pentágono contra Anthropic amenaza con dañar toda la industria estadounidense de IA.


El problema más profundo

Por encima de la disputa contractual y la rivalidad entre CEOs, la crisis reveló algo más incómodo: la concentración de poder sobre la IA en un puñado de empresas y funcionarios gubernamentales.

El debate sobre la seguridad de la IA suele centrarse en la tecnología en sí misma —cuán poderosos pueden llegar a ser los modelos o qué riesgos podrían plantear—. Pero el conflicto entre Anthropic, OpenAI y el Pentágono apunta a un problema más profundo: cuánto poder sobre el futuro de la IA está concentrado en manos de un pequeño número de líderes corporativos y funcionarios gubernamentales que deciden cómo se construyen, despliegan y usan estos sistemas.

Según reportes periodísticos, el ejército estadounidense utilizó un sistema de identificación de blancos impulsado por IA llamado Maven Smart System —construido por Palantir e incorporando el modelo Claude de Anthropic— para ayudar a identificar y priorizar objetivos durante operaciones recientes en Irán. Es decir: mientras la empresa negociaba sus límites éticos, su tecnología ya estaba siendo usada en un conflicto bélico.

La paradoja es imposible de ignorar. Y la pregunta que queda flotando —¿quién controla realmente cómo se usa la IA en tiempos de guerra?— no tiene, por ahora, una respuesta satisfactoria.


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